Ya se está acabando julio. Pasaron las elecciones, se acabó el mundial, terminó Luis Miguel, la serie —ese otro satélite que ocupó buena parte de nuestro tiempo durante un par de meses—, y resulta que la cotidianeidad de este verano sigue tan punzante como la efervescencia del mes pasado. Quizá aún más por la falta de distractores.

La polarización política, esa que tanto los seguidores de López Obrador como sus detractores han promovido impunemente por igual desde hace años, está llegando a niveles de un fundamentalismo absurdo —como cualquier fundamentalismo— y hace imposible no sólo la crítica, sino la mera conversación sobre ciertos temas, porque se opina sin información, sin contexto y partiendo de la base que el otro está en un error.

Y es que ambos bandos operan de la misma manera en que lo hacen los dogmas de fe: se cree en ellos sin la posibilidad de cuestionar ni media palabra. Para unos, lo que dice el Peje es palabra divina, irrefutable; mientras que para los otros lo que diga el Peje son expresiones del demonio que nos llevará a la perdición eterna. De esta manera, si Marcelo Ebrard es fotografiado —aparentemente— en un asiento de primera clase en un avión, la supuesta evidencia se convierte en la comprobación de que ese Belcebú tabasqueño está en la Tierra sólo para condenarnos a la perdición. O bien, si hay falta de transparencia en el manejo de un fideicomiso, no es otra cosa que el intento de desprestigio por parte de unos detractores que sólo quieren mancillar el halo del santo que está aquí para acabar con todos los males que nos aquejan.

Sin embargo, en la discusión, esos que difunden la fotografía no son capaces de sopesar, primero, que el susodicho ni siquiera trabaja para el gobierno todavía, que quizá le dieron la primera clase a cambio de sus puntos personales o, incluso, dar el beneficio de la duda sobre si la foto es actual —porque como nunca nadie dice mentiras en las redes sociales—. Mientras que en la otra discusión, pareciera que no pueden ver por ningún lado el gigantesco hueco de confianza que deja cualquier duda sobre el manejo de un dinero que estaba destinado a víctimas del terremoto, sobre todo si el eje de campaña fue la lucha contra la corrupción —un mal endémico en el país y que varios miembros de Morena padecen y que, sin embargo, no les ha costado su puesto al lado del ahora presidente electo—.

Estos dogmas, los buenos y los malos, los de un lado y los del otro, son, precisamente, los grilletes que coartan cualquier proceso democrático. Sin crítica, el gobierno se vuelve autoritario y la crítica sin sustento, le da validez a aquello que critica —además de que propicia la polarización que padecemos—.

Debemos partir de la base de que, en ambos casos, ya sea para criticar o para defender, se necesita estar informado y eso exige un trabajo —leer completas las notas, además de corroborar y contrastar fuentes—, por lo que la primera regla debería ser que nadie tiene derecho a opinar si no está informado. Debemos acabar con esta era de Nino Canún en la que todo el mundo cree que puede opinar impúdicamente. Sí, el derecho a opinar existe, pero implica la obligación de estar informado. Cualquier argumentación debe partir del conocimiento —y esto quiere decir de los hechos, no de las creencias o las suposiciones—.

Creo que es justo decir que la inmensa mayoría de los mexicanos buscamos lo mismo: prosperidad, igualdad, seguridad. Sólo creemos que el camino es diferente y en esa disyuntiva es que unos creen en la honestidad de las palabras del presidente electo y otros no. Es decir, salvo las personas específicas que se benefician de la corrupción, la mayoría queremos que ese cáncer se acabe. Sería absurdo pensar, por ejemplo, que el 47% de los votantes que no le dieron su voto a López Obrador están a favor de la corrupción —como muchas veces asumen quienes sí votaron por el susodicho—; al igual que es absurdo —en muchos niveles— pensar que ese 53% de votantes busca un tipo de gobierno socialista. Sin embargo, partir de esas ideas, como ocurre más veces de las que me gustaría pensar, es una condena al desacuerdo. En todo caso, si a López Obrador le va bien en su gobierno y cumple con la claridad que dice todas sus promesas de campaña, este, al final, será un mejor país; al igual que todos saldríamos perdiendo si resulta ser que sólo nos da atole con un dedo populista. Por ello, el enfoque crítico lo debemos de tener todos, quienes no votaron por él, tanto como quienes estuvieron a su favor.

Al final de cuentas, la dogmatización política solo deja lugar a un fundamentalismo banquetero del que cualquiera podría acabar sin cabeza y que, inevitablemente, nos dejará demacrados a todos, sin importar que en cualquier caso todos estamos a bordo de un barco que está en un punto crucial del que podría naufragar tanto como salir avante.

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