Suena el despertador y dos segundos después se enciende el televisor. Yo lucho por abrir los ojos, mientras escucho a lo lejos un grupo de varias personas diciendo cosas intrascendentes. Trato de recordar en qué canal dejé la tele y recuerdo que, para obligarme a callarla, la dejé en el 2. Buen truco. Luego de algunos minutos intentando hacer caso omiso de las estupideces que escucho, me levanto a servirme un plato de cereal. Tenía que alejarme del ruido.

Mientras como, aún con los ojos enlagañados, sigo escuchando a lo lejos a este grupo de personas muy poco inteligentes, lo que deduzco de lo que dicen, de sus conclusiones, de los temas que abordan, de sus ocurrencias: personas poco agraciadas con la grandilocuencia; más bien, seres muy básicos, de frases cortas, muchas veces incompletas, imprecisas, que adornaban con tonos energéticos, sonsonetes que acababan hacia arriba, como con un afán de contagiar entusiasmo. Por supuesto, lo siguiente que hice fue preguntarme por qué no había apagado el televisor cuando desperté; por qué seguía yo escuchando esto. Un concierto de estupideces donde todos parecían felices y en el tono parecía que querían convocar a la felicidad comunal, como si el objetivo fuera adormecer cualquier indicio de consciencia que pudiera despertar algo de malestar y, al final de cada frase, queriendo envolver al auditorio, hacían preguntas con entusiasmo dando pie, al menos en intención, a una respuesta efervescente.

Por fin me acabé el cereal y fui a apagar el televisor. El silencio fue una especie de remanso. Luego de una noche en que no pude conciliar bien el sueño porque desperté unas 16 ocasiones, lo único que quería era regresar a la cama, cobijado con la tranquilidad que el silencio súbito dejó puesto. Dado que mi voluntad es quebradiza, volví a acostarme y parecía que me iba a quedar dormido, pero desde la cercana superficie de mi subconsciente emergió esa felicidad ficticia que habían querido inyectarme desde el televisor un grupo de subnormales que hablaban pendejadas y, por supuesto, me provocaron molestia y hartazgo, pero ni una pizca de felicidad. Al contrario, quedé tan perturbado que no pasaron ni cinco minutos cuando ya estaba en la regadera, intentando limpiarme esos recuerdos nuevos junto con el olor a cama.

El truco, a final de cuentas, funcionó, pero mientras me vestía, intentaba entender la motivación de este grupo de tarados hablando de cosas muy “felices”, recitando frases motivacionales como quien expone la verdad absoluta, intentando hacer ejercicio, hablando del desayuno, de chismes de farándula como si se tratara de la vecina o de nuestro primo, siempre con el sonsonete adormecedor que pretende simular algo de entusiasmo.

Claramente yo no soy el público objetivo de este programa, pero me pregunto si alguien puede recibir de buena gana tanta banalidad y tantos mensajes aspiracionales. Son un grupo de estrellitas de televisión, que se codean con otras estrellitas de telenovela como quien se cruza con el vecino en la escalera y nos dicen de cuántas formas fueron felices durante el fin de semana y de cuántas formas podríamos también ser felices todo el rato, inyectados de entusiasmo incluso un puto lunes por la mañana.

Más que esparcir el ánimo, lo sentí como una afrenta. Pero todo fue peor cuando, inevitablemente, concluí que todo era un montaje. La simulación de felicidad ficticia a la larga es una manera de propagar una infelicidad profunda en la gente que les cree y que, por obvias razones, no tienen una vida tan maravillosa. La felicidad ficticia no sólo no es felicidad, sino que se traduce, inmisericorde, en una tristeza indeleble. Es el mismo efecto que generan esas cuentas de Instagram de gente que cada día publica una foto suya en algún lugar paradisíaco o gozando una comida celestial o experimentando eso que para la mayoría de la gente es algo inusual.

Esto es el nacimiento de la frustración. Es perpetuar la insatisfacción. Es la gestación del malestar. Y, sin embargo, es lo que consumimos día con día. Si no es a través de estos programas de televisión, es a través de la publicidad que nos bombardea o mediante las redes sociales y sus llamados influencers —¿ellos son quienes nos influencian; quienes nos muestran la vida que quisiéramos tener?—.

Es un hecho que nadie puede ser feliz todo el tiempo; y posiblemente nadie querría serlo porque es necesario el contraste. Así como es necesaria la oscuridad para la luz, la felicidad perpetua mata lo que pregona. Nadie, por otra parte, puede ser estúpido todo el tiempo. Sin embargo, así como esta gente nos muestra un estatus de felicidad casi permanente, su estupidez es tan permanente como ficticia la vida que presumen.

Y esa estupidez no es ficticia.

 

Anuncios