Nunca me han gustado las interacciones sociales en un entorno que desconozco. Tener que desenvolverme en un grupo de siete, diez o más personas que no conozco es una situación que siempre me genera estrés, desde mi más tierna infancia, desde que tengo memoria. Sin embargo, con los años he aprendido a lidiar con esas situaciones, me pongo una careta, me creo un personaje y no solo salgo bien librado sino que incluso la gente suele pensar que soy una persona extrovertida y relajada. Nada más lejano a la realidad.

Soy, de hecho, bastante introvertido y suelo vivir en tensión constante. Pero es mucho peor cuando debo enfrentarme a un grupo grande donde conozco superficialmente a una o dos personas. En ese momento, mi estrés se multiplica exponencialmente. Un lugar donde nadie te conoce no importa, porque esa será la primera impresión que dejes, pero llegar —solo, llegar solo, porque cuando voy acompañado, el parapeto que representa la otra persona también me da seguridad; sin contar que puedo no interactuar con nadie más— a una reunión tumultuosa, donde hay un par de medio conocidos y tener que navegar un tiempo haciendo conversación casual, recordándole a alguien dónde nos conocimos o abriendo tópicos para evitar el silencio incómodo es mi definición personal de infierno.

Yo pensaba que con la edad aprendería a controlar y manejar estas situaciones, pero no ha sido así. Es cierto que ahora le doy menos importancia y he aprendido a simplemente salir por la puerta e irme de cualquier sitio donde no me siento cómodo, pero el estrés no ha disminuido —si acaso, ahora la incomodidad es mayor—.

La sensación que me invade en estas situaciones sociales es como la de ser inadecuado. Soy un inadecuado social. Seguramente los expertos tienen tipificada mi condición y algún libro de texto ostentará un nombre más rimbombante y preciso, pero como tampoco me he tomado la molestia de documentarme al respecto, yo solo me he calificado de inadecuado social.

Ya alguna vez había hablado de esta sensación de estar siempre fuera de lugar y de la palabra que alguien designó para tal estado: monachopsis. Pero esto es otra cosa. Al menos yo lo veo así: la monachopsis es hablar de un sentido más amplio de la vida, en el mundo, mientras que la inadecuación social de la que hablo ahora se refiere a eventos de convivencia. Es decir, si estoy encerrado en casa viendo una serie, no me siento inadecuado social, estoy a gusto, aunque no dejo de sentir la monachopsis.

Por otro lado, la ansiedad y el estrés de mi inadecuación se me adelantan y desde horas antes de cualquier evento de este tipo al que tengo que ir, se detona mi cerebro fabricando posibles excusas, pretextos para no presentarme, para ahorrarme el mal trago. Está lloviendo, me quedé atrapado en el tráfico, me siento mal, tuve una emergencia familiar, tengo que ir a cuidar a mi sobrino, son algunas de mis opciones; o de plano la honestidad ficticia, como lo olvidé y agendé una cita de trabajo que no puedo cancelar o no me di cuenta que tenía otro compromiso, soy un estúpido. Sí, lo soy, pero no por duplicar citas en la agenda, sino por mentir impunemente.

La mentira no se la merece nadie; ni yo decirla ni el receptor escucharla. Sin embargo, en este país a veces parece una afrenta más directa y cínica decir no me siento cómodo en ese tipo de reuniones, pero espero que te vaya muy bien, a decir, híjole, quedé atrapado en el tráfico, se inundó el viaducto, puta ciudad, no sabes qué coraje. No importa, incluso, si no te creen la mentira, porque con que haya un porcentaje mínimo de duda, la prefieren en comparación con la cruda y honesta verdad.

La semana pasada, tuve un evento de esos. Desde las tres de la tarde, empezó a rondar en mi cabeza una parvada de excusas —algunas bastante buenas; otras incluso fueron en parte verdaderas—, pero decidí forzarme y cumplir con el compromiso por dos razones. Primero, porque si no lo hago, en poco tiempo me convertiría en el ermitaño que nunca sale de su casa y quizá, si muriera, podrían pasar varias semanas sin que nadie se enterara —particularmente no me atrae la idea de ser descubierto en mi lecho de muerte a causa del olor a podredumbre de mis vísceras—, y segundo, porque por prescripción médica —para evitar el primer punto—, mi analista me ha dicho que debo hacer el esfuerzo. Así que, en un momento dado, me sacudí las excusas, cogí el paraguas y pedí un coche de alquiler.

Llegué al evento, ya empezado porque me retuvieron en el trabajo que hago desde casa y salí más tarde de lo previsto —por supuesto, esa era una excusa perfecta porque era en parte cierta—. Luego navegué entre la amable concurrencia con la cabeza viendo al suelo para evitar esa plática chiquita —el small talk es peor que tres vueltas de tuerca en el inquisidor ecúleo— de algunas personas que conocía y que ahí estaban. Quizá me vieron; quizá me reconocieron y quizá dijeron que soy un pesado. Quizá no me vieron; quizá me les hice conocido, pero no lograron hacer la relación y quizá no pensaron absolutamente nada de mí. Me gusta esa ambivalencia.

Al final, le di un abrazo a la homenajeada luego de la presentación de su libro —cosa que, debo decir, hizo que valiera la pena el esfuerzo— y, luego, en la más pura tradición de la comedia palatina, hice mutis por la derecha sin que el respetable se percatara.

Caminé hasta el metro bajo la lluvia, guarecido por el paraguas que llevaba, mientras me recriminaba mi absoluta carencia de extraversión, pensando en la palabra inglesa que, a diferencia de su significado, encaja muy bien con mi manera de ser: misfit. Eso es lo que soy. Una desencajadura; un chipote; una manzana roja en medio de decenas de manzanas verdes; el negrito en el arroz; la piedrita en los frijoles; soy la cosa que no es como las otras de Plaza Sésamo.

Pero eso sería darme demasiada importancia. Sería ingenuo pensar que soy el único a quien le pasa esto. Seguramente hay mucha gente que padece de la misma condición y durante las cinco estaciones de metro que tardé en llegar a casa, no dejé de preguntarme cómo es que lidian con ello.

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