Hoy se cumplen cuatro meses de que murió mi gata luego de que pasamos más de quince años juntos. A pesar de prever el deceso, de que se trataba de una mascota, de que no sufrió, a pesar de racionalizarlo, a pesar de todo, ha sido un trago difícil de pasar.

Desde entonces, he recibido muchos mensajes alentándome a adoptar otro felino. Cada semana, recibo varias fotos de cachorritos juguetones que están en adopción, pero aún no me decido. Al principio me negué rotundamente, pero en los últimos días incluso me inscribí a páginas de Facebook dedicadas a colocar animalitos con posibles dueños para irme haciendo a la idea.

Lo primero que me llamó la atención en estos sitios —no porque no lo supiera, sino porque no lo había hecho consciente— fue la cantidad de gatos recién nacidos abandonados en terrenos baldíos, basureros, a mitad de la calle. Eso significa que alguien destetó a los cachorros prematuramente y se fue a deshacer de ellos, porque de otra manera se encontrarían junto con la madre —en ocasiones así pasa, pero en tantas otras sólo están los gatitos, que apenas pueden ponerse en pie, solos—. Es decir, alguien, tomó una decisión abierta, escogió un sitio, cogió a los cachorros, los metió en una caja —en el mejor de los casos—, los llevó al lugar y ahí los dejó.

¿Qué tan fría se necesita tener la sangre para poder hacer eso?

Cuán irresponsable, en primera instancia, es alguien que tiene un gato y no lo esteriliza, pensé; aunque supongo que pedirle responsabilidad a una persona capaz de ir a botar a unos cachorros a un basurero es demasiado ingenuo. Cuando trataba de formarme un juicio sobre ese tipo de personas, cuando trataba de ponerme en ese hipotético e infernal lugar, me topé, en estas mismas páginas, con anuncios pidiendo a quienes daban gatos en adopción que evitaran entregar animales en septiembre, octubre y noviembre. La petición me intrigó y leí con detenimiento el anuncio.

Al parecer hay gente —en pleno siglo XXI— que adopta gatos, sobre todo negros, para realizar “rituales” donde los matan. Mi primera reacción fue soltar una carcajada. Claramente, en mi cabeza la idea sonaba tan descabellada que supuse de inmediato que se trataba de una broma, pero al poco rato empecé a ver más y más anuncios, advertencias, peticiones con lo mismo.

Dejé de juzgar a quienes abandonan gatos para empezar a juzgar a quienes los utilizan en rituales. Quién podría, primero, creer en supercherías que exigieran un sacrificio y, segundo, tener la insensibilidad de matar al animal, con sus manos. En qué lugar tan oscuro debe estar la cabeza de estas personas; cómo podrían llegar a dormir después de haber matado a un gato.

¿Cuál es el nivel de psicopatía de alguien que mata a un cachorro en un ritual?

¿Y luego qué harán con el cadáver? ¿Se beberán la sangre, se la untarán? Trataba de entender, de ponerme en el lugar de alguien que creyera que recibiría algún beneficio tras matar a un gato, cuando me topé con la noticia de que se habían encontrado a un bebé abandonado dentro de una caja de cartón en la delegación Miguel Hidalgo.

Cuando confirmé que la noticia era real, que había pasado en esta ciudad, que alguien carecía de cualquier tipo de pudor como para abandonar a un bebé de menos de dos semanas de nacido dentro de una caja, se hizo un silencio cáustico en mi alma.

Una caja de cartón, ese artículo que para un gato puede representar lo mismo que para nosotros un castillo, en este contexto parece más un ataúd. La caja es condena y salvación al mismo tiempo, como en la paradoja del gato de Schrödinger, en la caja el bebé estaba muerto y vivo a la vez; fue hasta que alguien abrió la caja que se supo que ese espacio había sido con lo que el bebé se guareció y no su lecho de muerte.

A pesar de que su estado no era el óptimo, el bebé llegó a un hospital del que muy probablemente saldrá con vida. Su futuro, sin embargo, es incierto. Mientras, la policía investiga para encontrar al responsable del abandono.

Una caja de cartón, ese artículo que sirve para guardar libros o alguna otra pertenencia, sirve lo mismo para entregar un gato a su nuevo dueño, a su verdugo o para abandonarlo, como se abandona a un bebé.

Después, cuando empecé a recuperarme de la impresión, intenté juzgar a esa persona capaz de meter a un recién nacido en una caja y dejarlo a su suerte, pero no pude. Ni siquiera pude imaginar alguna situación en la que se justificara —en el peor de los casos, si decides abandonar a un bebé, supuse, lo dejas donde lo vayan a cuidar, ya sea un convento, por más común que sea el lugar, o un hospital—. ¿Dónde quedó esa imagen del bebé en un moisés con una carta que aparece a los pies de una puerta luego de que un fantasma tocó el timbre?

Quizá sea que vivo dentro de una burbuja donde no caben quienes abandonan bebés o gatos, donde no tienen entrada quienes matan gatos en rituales. Quizá vivo dentro de una caja de cartón que es más parecida a un castillo; o, quizá, cuando alguien abra mi castillo, que es mi caja, descubran que ya estaba yo muerto.

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