Hace tres semanas, apenas cinco meses después de que muriera mi gata, llegó a tocar a mi puerta una amiga de quien ya he hablado en este espacio, aunque su identidad he mantenido en el anonimato. Eran las 10 de la mañana de un martes, yo estaba en pijama y con lagañas en los ojos, primero, porque soy freelance y puedo trabajar —cuando hay trabajo— a la hora que sea y, segundo, porque la noche previa había sufrido un insomnio inclemente al que vencí poco antes de que clareara, así que sin mucho pudor me puse mi bata —la mejor compra que he hecho en un Costco— y abrí.

Del otro lado del quicio estaban ella, mi amiga, quien apenas podía aguantar la sonrisa, y su marido —cuya identidad también guardaré en el anonimato para mantener cierta congruencia— con una caja chiquita de la que salía un ruido que parecía el piar desesperado de un pollo. A pesar de lo engañoso del sonido, de la caja asomó la cabeza un felino mínimo, acaso un poco más grande que un pollo, que rogaba para que lo dejaran salir de su cautiverio.

Unos días antes había decidido que no buscaría hacerme de un gato sino hasta el año entrante, determinación que alcanzó la obsolescencia en ese instante. “Te trajimos este gato. Es tuyo”, sentenció ella e hizo entrega oficial del cuadrúpedo. El gato, apenas lo sacamos de la caja, amagó con esconderse en la cocina; logramos disuadirlo, por lo que optó por meterse debajo de un sillón y ahí se quedó.

Yo no supe qué decir. Por un lado me sentía un traidor que estaba metiendo a casa a una gata, cuando hacía apenas unos meses mantenía largas conversaciones con Desdémona, que vivió conmigo casi dieciséis años y era como la dueña de la casa. Y por el otro, aunque sabía que me ayudaría a salir del mal trance en el que estaba, me pareció de pronto mucha responsabilidad volverme a hacer cargo de un felino. Pero no hubo espacio para ningún pero. Los mensajeros que habían traído al asustado animalito me acompañaron con un café que me ayudó a despertar luego de mi mala noche y la todavía fresca sorpresa.

Algo similar había pasado con Desdémona, porque a pesar de que quería hacerme de un gato en aquel entonces, lo fui postergando tanto tiempo que mi hermana decidió acabar con mi desidia regalándome aquella gata en mi cumpleaños. Ahora, igual; ya había intentado adoptar una gatita hacía un mes, pero no se concretó la transacción, por lo que decidí dejarlo para el año entrante. Conociendo mi abulia galopante, mi amiga decidió tomar el toro por los cuernos mientras yo me escaqueaba y luego de una larga historia llegó a casa con esta gata.

El nombre original para el animalito era Lady Macbeth —Out, damned spot! Out—, pero dado el destino trágico de la mujer que portara originalmente ese apelativo, se abrió una discusión al respecto. Por motivos que desarrollaré en otra ocasión, tengo una regla inquebrantable para cualquier gato que llegue a esta casa y es que su nombre deberá salir de alguna obra de Shakespeare; por ello, las opciones fueron reduciéndose a Ofelia, Viola, Julieta y, por ahí, sonó el nombre de Cordelia, la tercera hija del rey Lear.

Después del café, la disertación y de esperar en vano que la gata saliera de su escondite, los tutores temporales de mi nueva compañera de casa —quienes confesaron que por un momento dudaron en dármela y pensaron en llevarla a su casa para siempre— se fueron y me dejaron solo con ella. La gata no quiso abandonar la oscuridad y estuvo once horas escondida. Un par de veces me agaché y la saqué del sillón pero el felino, a la primera oportunidad, volvía a su guarida.

Al principio no fue muy claro, pero dado que llamar Cordelia a la gata me convertiría, de facto, en un anciano que iría poco a poco cayendo presa de la demencia senil el nombre, sugerencia del esposo de mi amiga, fue ganando fuerza. En un momento, como a eso de las 10 de la noche, me metí debajo del sillón para sacar al gato y la escena, patética como era, hizo que la balanza se inclinara definitivamente por Cordelia, quien al parecer ya era la hija menor de un rey senil que a pesar de sus claras limitaciones físicas se metía debajo de los sillones.

Tardó un par de días en aclimatarse del todo, pero Cordelia ahora deambula por todo su reino como lo que es: la heredera. Y debo agradecer pública y cabalmente a quienes tuvieron el atrevimiento de dejarla conmigo hace tres semanas.

Cuando me siento a escribir, a Cordelia le gusta subirse al escritorio para tirar mis papeles y mis libretas, morder los lápices, jugar con los cables, a veces, incluso, golpea el teclado y cuando se cansa del trabajo físico, se sienta delante de la pantalla y la observa fijamente —como se ve en la foto de arriba— mientras van apareciendo palabras que yo escribo o se mueve el cursor y, de vez en vez, ataca al monitor con un par de zarpazos (quizá cuando una palabra no le parece correcta).

La inagotable energía de Cordelia hace cada vez más y más difícil que pueda yo escribir dos párrafos de corrido, lo que nos lleva, inevitablemente, al elefante en la habitación: la consulta popular en la que mis sabios lectores decidirían el futuro de este espacio.

La votación fue rotunda. Solo 3% de los consultados pidieron que desapareciera el Diario de un jeiter, mientras que el 97% quiere que continúe. El único voto en contra, debo confesar, fue el mío, pero como pudieron darse cuenta, avezados y sabios lectores, los resultados eran de esperarse puesto que la consulta estaba sesgada. En cualquier caso, el bajo número de participantes debería ser señal inequívoca de lo poco representativa de la consulta, pero como ya hemos visto en la vida real, eso no importa.

En cualquier caso, los resultados, como anuncié, no son vinculantes, así que me guardaré ese as bajo la manga y lo sacaré en un futuro, cuando un día me siente delante de este escritorio y de plano no encuentre de qué escribir o decida ya no aburrirlos más con las andanzas de Cordelia, la nueva soberana de este humilde reino enclavado dentro de la antigua Hacienda de Narvarte, gema escondida del Valle de Anáhuac.

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